Yoff, Dakar


La belleza de Senegal es indescriptible, porque reside sobretodo en sus gentes y en el lento vivir cotidiano, despreocupada de la racionalidad y el utilitarismo de nuestro mundo occidental. Al mediodía, el sol es tan violento, que mucha gente vive en las sombras por unas horas y al bajar el sol, van apareciendo figuras en los umbrales. Todos salimos poco a poco como animales que salen de sus madrigueras. Arrugando el hocico, oliendo el aire, estirando el cuello. Luego nos sentamos y vemos por un rato, la vida pasar.

Yoff, Dakar
Yoff, Dakar
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El ángel de Notre Dame de París


El ángel de Notre-Dame de París

Un ángel encerrado tras una verja de la catedral de Notre Dame. Quizás un ángel caído que quieren recuperar. Atrapado, polvoriento, sin defensa. Su rostro me recuerda al del poeta maldito Arthur Rimbaud. Desterrado del mundo y joven para siempre.

Puesto en el mercado musulmán, Xi’an


Puesto del mercado musulmán, Xian

Deambulé curiosa por las calles del mercado musulmán. Todos aquellos puestos de comida, ofrecían deliciosos manjares que no sabía nombrar. Pastelillos rellenos y pinchos de carne blanca, pasta húmeda de cenefas trenzadas, bolas rebozadas que brillaban a contraluz. El calor de los fogones y el olor intenso a manjares exóticos me acompañaban. Y yo me volvía más y más golosa a cada paso. No renuncié a nada. El té verde de hojas flotantes me aguardaba a la vuelta de la esquina.

Tívoli


Tívoli

Animula, vagula, blandula
 Hospes comesque corporis
 Quae nunc abibis in loca
 Pallidula, rigida, nudula,
 Nec, ut soles, dabis iocos...
Pequeña alma, blanda y errante,
 huésped y compañera de mi cuerpo,
 que partirás para lugares
 pálidos, rígidos, desnudos,
 y ya no bromearás como acostumbraba

El poema fúnebre de Adriano

Alpes


Subiendo a los Alpes

Esta imagen la tomé durante la subida a los Alpes con unos amigos, cerca de Como. Observando las montañas nos sentimos fuera del tiempo. Me acordé del cuadro de Friedrich “El caminante sobre el mar de nubes”. ¡Que buena terapia es subir a las montañas! La inmensidad de la naturaleza te sobrecoge, tu individualidad se disuelve y uno se siente bien poca cosa. Un ser insignificante.

Montmartre, 2013


Montmartre

“…París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices”

Parí era una fiesta. Ernst Hemingway.

El abanico de seda


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“Al año siguiente empezó en serio mi educación en la habitación de las mujeres, aunque yo ya sabía muchas cosas.Sabía que los hombres casi nunca entraban allí; era una pieza reservada para nosotras, donde podíamos hacer nuestro trabajo y compartir nuestros pensamientos. Sabía que pasaría casi toda mi vida en una habitación como aquélla. También sabía que la diferencia entre nei -el reino interior del hogar- y wat -el reino exterior de los hombres- constituía el núcleo de la sociedad confuciana. Tanto si eres rico como si eres pobre, emperador o esclavo, la esfera doméstica pertenece a las mujeres y la esfera exterior a los hombres. Las mujeres no deben salir de sus cámaras interiores ni siquiera mediante la imaginación. Entendía asimismo los dos ideales confucianos que gobernaban nuestra vida. El primero lo formaban las Tres Obediencias: «Cuando seas niña, obedece a tu padre; cuando seas esposa, obedece a tu esposo; cuando seas viuda, obedece a tu hijo.» El segundo correspondía a las Cuatro Virtudes, que definen el comportamiento, la forma de hablar, el porte y la ocupación de las mujeres: «Sé sobria, comedida, sosegada y recta en tu actitud; sé serena y agradable en tus palabras; sé contenida y exquisita en tus movimientos; sé perfecta en la artesanía y el bordado.» Si las niñas no se apartan de esos principios, se convierten en mujeres virtuosas.

El abanico de seda. Lisa See.

El Kesra


El Kesra

En Marruecos se prepara el Kesra, ese delicioso pan achatado como una torta, que se sirve caliente.

Los marroquíes suelen comer con los dedos de la mano derecha y se ayudan con un trozo de pan. Este es el horno de gente muy sencilla,

que descubrí paseando por los callejones de Marrakesh. El hombre accedió a que le fotografiara. La estancia está en situación de sospechosa higiene.

No falta la fotografía del rey de Marruecos, ni la tetera y el lugar donde se hace el pan, parece una caverna secreta.

Observando a este hombre hacer pan, se entiende que en este país se considere un alimento sagrado. No he visto nunca tanta lentitud y reverencia en

preparar pan, y desde luego la estancia me recordaba a una estampa pesebrista. En fin, el pan estaba delicioso, tan bueno que no necesitaba condimento.

Villa Adriana. Tívoli.


“Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver… Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos…”. Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar.

Villa Adriana