Santa Gemma en la ciudad de Lucca


Santa Gemma

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Sombra de Cagliari


Sombra

La soleada ciudad de Cagliari tiene sombras espesas que se extienden por las paredes irregulares de los callejones. El insistente tañir de las campanas, los borreguitos de azúcar y los cestos de mimbre llenos de palmas que se venden en la entrada de todas las iglesias son suficientes para sentir que se participa de la semana santa por muy ateo que uno sea. Se presta poca atención a la isla de Cerdeña, por lo que una se siente una privilegiada al no coincidir más que con los lugareños. Cagliari se esconde, y deja que Roma, Milán o Nápoles sean más expansivas. Muy cerca, en las playas está el paraíso, tan perfecto y solitario que parece que uno no se lo merezca. Y me digo: que las gentes se gasten la pasta para ir a Hawai o a las Seychelles, yo me quedo en Cerdeña.

Horas venecianas


“Ciertas imágenes mentales surgen frente al coleccionista de recuerdos por la mera mención, oral o escrita de los lugares que ha amado. Cuando escucho, cuando veo el nombre mágico que he escrito sobre estas páginas, no pienso en la gran plaza, con su extraña basílica y sus elevadas arcadas, ni en la amplia desembocadura del Gran Canal, con la majestuosa escalinata y la elegante cúpula de la Salute; no es en la laguna baja ni en la dulce Piazzetta, ni tampoco en las oscuras naves de San Marcos. Sencillamente veo un estrecho canal en el corazón de la ciudad –una pincelada de agua verde y un fragmento de fachada rosa-. La góndola se desliza lentamente; describe un suave giro,pasa bajo un puente y el grito del gondolero sobre las tranquilas aguas salpica en la quietud. Una niña cruza el puentecito, arqueado como la joroba de un camello, con un viejo chal sobre la cabeza que la hace típica y encantadora, recortándose en el cielo para quién se desliza debajo. El rosa del viejo muro parece llenar todo el lugar hasta hundirse en el agua opaca. Detrás del muro hay un jardín del cual se escapa el largo brazo de una rosa blanca de junio –las rosas venecianas son espléndidas- como ornamento espontáneo. Al otro lado del muro hay una estropeada fachada con ventanas góticas y balcones –balcones de los que cuelga ropa sucia y bajo los que se abre una entrada cavernosa cubierta sobre unos escalones cubiertos de fango-. Hace mucho calor y el canal tiene un extraño olor pero todo el lugar destila tranquilidad y encanto.”

Henry James

Horas venecianas

Turistas ingleses en el Foro Romano


Más auténticos imposible. Probablemente son de Surrey o de algún otro pueblo de la campiña inglesa. Él, profesor de latín en un college de Londres y ella profesora de arte de algún antiguo instituto.

Ya hace una década que se han jubilado y dejaron las aulas por otros quehaceres más relajantes, por ejemplo, un esperado viaje a la romántica Italia.

Por fin llegaron a Roma, la ciudad de las siete colinas. No es la primera vez que la visitan, seguramente ya estuvieron en su viaje de novios. Pero entonces él estaba más preocupado de estar a la altura, cosa que en ese momento no importaba porque ella estaba enamoradísima. Ahora las cosas han cambiado, él está más preocupado de fotografiar una vista con buena perspectiva de las ruinas del foro y ella se dedica a esperar, sin demasiadas perspectivas. Todo esto me recuerda a la película de Rossellini “Te querré siempre” : un matrimonio inglés (interpretado por Ingrid Bergman y George Sanders), realizan un pequeño viaje por Italia. El viaje, que en principio es de placer, hace que se sientan como dos extraños en este país con unas costumbres tan distintas a las suyas. Cada uno vive la experiencia de un modo muy distinto cosa que les hace sentir, a pesar de los años de matrimonio, como dos extraños. La incomunicación entre los dos personajes cada vez se hace más evidente, en las cortas y banales conversaciones, en los reproches y en la mutua indiferencia por las preocupaciones del otro, de manera que a partir de un cierto momento cada uno decide ir por su cuenta.

Turistas ingleses en el foro romano