Hacia Tambacounda


Hacia Tambacounda

Nos metemos en una camioneta después de oír a unos cuantos hombres gritar: ¡Tambacounda! ¡Tambaaaacoooounda!

Nos sentamos en los bancos laterales, apretados unos contra otros, cerca de las puertas traseras. Solo entrar ya estamos sudando. Las gotas de sudor nos caen desde la frente al suelo, casi se puede oír el sonido del goteo. Solo nos esperan cinco horas de viaje (ja, ja,ja). Pasamos diferentes controles por la carretera. Se acercan policías que parecen esperar algo después de observarnos. El chófer baja, se dirige siempre a la caseta y intercambia unos papeles, que no es dinero, pero todo y así resulta de lo más sospechoso. Una niña, de unos seis años, no nos quita el ojo de encima. Nos observa de arriba a abajo. Le sonreímos y Raquel le construye un elefante de papiroflexia, que ella coge cuidadosamente y lo tiene en la mano durante todo el viaje. El calor es insoportable y el aire de la ventanilla es como tener un secador enorme sobre nuestras cabezas. Hacemos muchas paradas. Bajan unos y suben otros, y siempre son más los que suben. Cargan carbón y cabras atadas por las patas en la baca del vehículo. Entre los baches enormes de la carretera y el sobrepeso, parece que vayamos a tumbar. Como llevamos ya cuatro horas nos ponemos a cantar. La gente nos sonríe con curiosidad y con miradas un poco compasivas. El hombre del birrete musulmán sentado al lado del chófer se gira y nos dice sentencioso: – Durante el Ramadán, ¡no se canta!. Al cabo de seis larguísimas horas llegamos a Tambacounda.

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